Posiblemente no haya algo más terrorífico que te encuentres con una misteriosa sombra alrrededor de la media noche, y más si es otoño y fuera llueve levemente estando solo en casa, dando por sentado que la sombra no te pertenece...El protagonista de nuestra historia se llama Gerardo y cuenta con una buena cantidad de años, aunque aún le quede para ser un vejestorio. Siempre ha vivido sin demasiadas compañías, tanto incluso que jamás se ha casado ni piensa hacerlo. Le ha sobrado con su cómodo trabajo, pillarse unas cuantas juergas, viajar donde ha querido para continuar yendo de juergas, es decir, alcohol, drogas y putas. Aquella noche del 27 de octubre decidió quedarse en casa y ver un poco la televisión antes de acostarse para darse una tregua en su ajetreada vida de cachondeo.
Cuando tranquilamente veía uno de los abundantes y estúpidos concursos con escotadas azafatas, estalló un espantoso trueno, y a continuación el aparato de televisión se fue a la mierda, explotando literalmente. Gerardo tardó varios minutos en reaccionar tras el fogonazo dando gracias a Dios de seguir con vida. Aún atacado de los nervios se asomó a la ventana y comprobó que caía más agua que durante el Diluvio Universal mientras se sucedían más y más truenos con sus respectivos relámpagos; verdaderamente parecía que se avecinaba el Fin del Mundo. Todo se arreglaría comprando al día siguiente otro televisor, lo que aprobecharía para comprarse un mucho mejor que el finado. Pero lo que menos quería hacer ahora era acostarse, no podría pegar ni ojo.
Se sentó en el sillón y encendió un cigarrillo. No podía dejar de mirar el hueco del aparato no dando crédito a lo acontecido. Un nuevo trueno estalló en los cielos y la lámpara también se fue al carajo, eso sí, sin explotar las bombillas. ¡Menuda mierda! Se dijo. Totalmente a oscuras miró su reloj digital todavía sano y comprobó que era las doce en punto.
Gerardo se levantó y se dirigió nuevamente a la ventana. Allí tuvo noticias de que llovía un poco menos y los truenos y relámpagos de alejaban. Cuando quiso darse la vuelta notó algo tras su espalda, pero no algo físico, y sí algo que no tenía cuerpo, y no se atrevió, muerto de miedo. Entonces cerró los ojos y muy lentamente se fue girando diciéndose: No seas tan niño. No seas tan niño. Completado todo el giro se quedó mirando al oscuro cuarto de estar, y justo de frente, donde debía estar el destrozado televisor, pudo advertir algo mucho más oscuro que el resto. Se fue acercando poco a poco, y cuando más se iba acercando aquella sensación o lo que fuese, fue tomando el aspecto inequívoco de una sombra... humana en pie, pues sin duda tenía cabeza, torso y extremidades, aunque no muy pronunciadas que digamos, no podía ser otra cosa, se dijo Gerardo temblando como una palmera azotada por un huracán.
-¿Quién o qué, eres tú?
No obtuvo respuesta de aquella siniestra sombra.
Se acercó un poco más e hizo el intento de tocarla, pero la sombra reaccionó y retrocedió, aunque no movió sus sugeridas piernas, si no que se desplazó como hiciera un verdadero fantasma. ¿Aquél ente tenía más miedo de Gerardo que Gerardo de él? Esto envalentonó a nuestro protagonista y alzando la voz dijo triufante: ¡No huyas, puta y asquerosa sombra de los demonios!Y fue justo cuando la sombra se perdió en la pared.Y Gerardo se fué tras ella tropezando contra los restos del televisor cayendo al suelo estrepitosamente. Con la frente dolorida recobró la verticalidad y se dirigió al cuarto de baño para echarse agua fría y evitar le saliera un buen chichón. Pero no había luz por más que le diera al interruptor unas cuantas veces. Toda la casa estaba completamente a oscuras y volvió a tener mucho, mucho miedo; tanto que quiso abandonar la casa. Sin embargo no pudo abrir la puerta porque no encontró picaporte alguno. Se lió a patada limpia, pero la puerta parecía a prueba de bombas. Entonces gritó pidiendo auxilio como un niño asustado que llama a su madre con gran desesperación. Y luego corrió como un caballo desbocado en busca del teléfono tropezando con varios muebles y algunas sillas... tenía que llamar a la policía o a los bomberos. Cuando al fin tuvo el teléfono en sus manos creyó volverse loco del todo cuando supo que no había línea, que no le servía de nada. En su desesperación tuvo la loca ocurrencia de saltar por una ventana, pues ya no se acordaba que vivía en un onceavo piso. Aún así dió lo mismo, pues la ventana también se negaba a ser abierta. Continuaba lloviendo, aunque mucho menos que minutos antes.
Gerardo se sentó en el suelo esperando que llegasen las primeras luces de la mañana. Creyó tener suerte cuando notó que le empezaba a entrar sueño, pero por desgracia, de la pared que tenía enfrente surgió la sombra humana, siendo entonces más reconocible, pues le recordaba a alguien, a alguien bastante cercano. Ya no tuvo sueño, y absorto en la trémula visión, abrió los ojos de par en par y dijo:
-¡Decideme quién sois, sombra, decidme quién fuisteis en vida!
Pero la sombra no decía nada mientras se acercaba más y más mostrando a Gerardo más matices, más pistas sobre su identidad. Cuando al fin supo quién era, la sombra comenzó a desdibujarse hasta desaparecer como el humo de un cigarrillo, y Gerardo esperó a las primeras luces del alba, y su vida ya no fue igual a partir de entonces.
No hay comentarios:
Publicar un comentario