domingo, 27 de octubre de 2013

Esto no es un cuento maravilloso.


Adelle y John Paifbur, hermanos de ocho y siete años respectivamente, en un momento de descuido de sus padres cuando jugaban tras merendar en el bosque de Albain, cerca las siete, se alejaron persiguiendo un conejito blanco que no se dejaba coger, tan bonito y escurridizo a la vez.
         Papá Paifbur fue el primero en darse cuenta de la desaparición de sus hijos. No quiso alarmar a mamá por lo que le dijo que los había visto persiguiendo mariposas, y que pronto volvería con ellos antes de que se perdieran. A  mamá le pareció muy bien y continuó leyendo una entretenida revista de sociedad.
         Los niños perdieron de vista al huidizo conejito, y cuando quisieron volver con sus padres, no supieron el camino de vuelta. Papá seguía buscándolos, a cada momento más preocupado, por no decir, alarmado, y más aún cuando el sol estaba cerca de ocultarse tras las lejanas montañas.
         Mamá miró su reloj, había pasado mucho tiempo desde que se fue su esposo en busca de sus hijos. Dejó la revista encima de las hierbas y llamó gritando el nombre de los tres. Ni un lejano eco llegó a responder en el espeso bosque cercano el crepúsculo.
         Adelle y John pisaron un agujero y cayeron a través de un largo y serpenteante túnel. El padre regresó junto a su esposa y le contó la verdad. Mamá se puso a llorar desconsoladamente. Él no lloró porque se supone que los hombres no deben hacerlo. Decidieron regresar al pueblo y advertir a las autoridades para encomendar su búsqueda.
         Tras minutos y minutos cayendo por tan enrevesado túnel, los hermanitos terminaron con el culo sobre un campo de margaritas en una enorme gruta donde había tanta claridad, que pareciera estar al aire libre. Se pusieron en pié y empezaron a llorar y llorar derramando unas enormes lágrimas.
         Tanto lloraron que se quedaron sin líquido en sus ojos y no pudieron seguir haciéndolo. Sintieron mucho calor pero de repente todo se nubló como si unas nubes estuvieran tapando el sol, y dejaron de sudar.
         Tras varios minutos sin que nada sucediera y sin que nada supieran hacer Adelle y John, comenzaron a oír una música muy bonita, realmente melodiosa y pegadiza. Sin darse cuenta se vieron rodeados por criaturitas muy chiquitas, de apenas un par de centímetros y medio como mucho. ¿Eran gnomos? ¿A caso liliputienses? ¿O gusanitos disfrazados de enanísimos a dos patas con sus cinco deditos? Se les subieron a la cabeza, a los hombros, a los pies, y algunos se colgaron de sus cabellos para columpiarse. Los hermanitos no daban crédito a tanta tontería. Pero les hizo suma gracia y empezaron a bailar siguiendo la imparable música que tomaba tintes de un futuro sesentero Twist. Solamente faltaba un cantante con una voz acorde a aquel panorama que jamás se había visto ni en los cuentos. Efectivamente así fue, como bajando de unas invisibles nubes, cayendo amortiguadamente hizo nuevamente aparición el blanco conejo con un gran medallón en forma de garra colgando de su cuello, y un micrófono inalámbrico en su patita delantera derecha, amén de unas gafas de sol, pues otra vez lucía un esplendoroso día. ¡Qué voz tan portentosa tenía aquel conejo estelar! Tampoco faltó el coro, y como no podía ser de otra manera, era muy especial, pues lo formaban una docena de gallinas a pintas blancas y negras, con un cacarear nada desentonante. Pero hubo más pues de solista se pasó a un dúo la mar de particular, pues un gran gallo negro hizo aparición arrastrándose entre las margaritas como si fuese una serpiente. También llevaba unas gafas de sol y un micrófono sin cables colgando de su cabeza merced a una cinta muy colorida atada a la cresta. Su voz rasposa no desentonó de la grácil del conejo. Al cabo de unos minutos el espectáculo tomó unos tintes mucho más acelerados, y el Twist se transformó en un frenético heavy metal todavía no inventado, porque transcurría el año 1937.
         Todo el pueblo se movilizó en busca de los niños. Llevaron perros, un vidente, una pitonisa, un zahorí… Incluso se apuntaron los abuelos, el gato Mossi, el jilguero Torolín, y el pato Lucas del vecino del segundo b, con el que tanto jugaban los niños. Como ya era cerrada noche, era todo un espectáculo tanta antorcha encendida, aunque el bosque corriera peligro de un nefasto incendio.
         Totalmente exhaustos, los niños se cayeron en la alfombra de margaritas habiendo adelgazado más de dos kilos cada uno. La música cesó sin saber qué ni quién la había tocado. Y toda aquella rara fauna se secaba el sudor de sus frentes, agradeciendo que los chicos se hubieran al fin cansado de tanta marcha.
         El gallo se excusó en que tenía mucha prisa y se fue dando trompicones como si estuviera borracho. El conejo sacó de entre su pelaje un reloj de bolsillo, miró la hora, y también se fue tras escarbar un agujero entre las margaritas, soltando un mero: ¡Me voy, llego tarde! Los demás seres minúsculos tras tomar un poco de aire y arrascarse los chichones al caerse de cabeza desde los cuerpos de los niños, recobraron la verticalidad,  y se dispusieron a marcharse también, muy lentamente. Adelle y John también se recuperaron y les entró prisa por volver a casa, pero no sabían como hacerlo, no veían por ningún sitio el retorcido túnel que les había conducido hasta allí.
         Aquella noche no encontraron a los niños. Por la mañana reanudaron su busca. Tampoco los encontraron. Durante un mes siguieron buscándolos, pero infructuosamente. Con el suceder de los meses, cada vez eran menos los que se empeñaban en dar con ellos. Pasó un año. Pasaron dos, tres, cuatro, diez … El lobo se los había tragado, pensaron.
         Adelle y John conocieron más criaturas sorprendentes, no paraban de divertirse, de jugar y jugar, tanto que se olvidaron de su anterior existencia, de sus padres y abuelos, del pato Lucas, los gatitos de la señora Parker, de la profesora de literatura, del payaso Lametón que venía a actuar para los niños todas las primaveras cuando acababa el colegio, de los regalos de cumpleaños, de los muñecos de nieve en navidad… hasta del túnel que tanto habían buscado. Pero he aquí que un día volvieron a encontrar al conejo tan blanquito y escurridizo.
         -¿Todavía estáis aquí? - les preguntó.
         -¿Y por qué no? - preguntaron ellos a su vez.
         -¿No echáis de menos a papá y mamá? ¿A vuestros abuelitos? ¿Al pato Lucas?
         Los dos empezaron a llorar, desconsoladamente.
         -¡Queremos volver a casa! - gritaron- ¡Ayúdenos!
         -Posiblemente sea un poco tarde. A pasado tanto tiempo… Pero si os empañáis os sacaré de aquí. Más vale tarde que nunca.
         El conejo dio un par de palmadas y surgió un túnel colgante y serpenteante por el que Adelle y John trepando con todas sus fuerzas llegaron a remontar llegando a la superficie, al bosque en el que un día merendaron por última vez. Como era invierno, se habían formado numerosas charcas de cristalinas aguas. Y como tenían mucha sed, se dispusieron a beber de una de ellas viendo en el agua reflejados sus rostros. Se asustaron tanto que retrocedieron unos pasos. Aquellas caras no les eran conocidas, les eran extrañas, aunque tras unos segundos les recordó otras ya casi olvidadas, más suaves y tersas, y más… jóvenes. En efecto, eran ya unos adultos, casi unos cuarentones, aunque con espíritus aún de niños.
         Cuando llegaron al pueblo pasaron desapercibidos, solamente, y ya era bastante, les reconoció sus ancianos padres que no se podían creer lo que estaban viendo. Los cuatro se abrazaron y besaron durante unos intensos minutos sin cesar de llorar de inmensa alegría. Jamás mamá y papá les preguntaron qué les había pasado pues tampoco les hubieran creído, era como si el tiempo no hubiera transcurrido, como si el encuentro se hubiera producido al día siguiente de la desaparición. Desgraciadamente ya no estaban los abuelos, ni el pato Lucas, ni tantas cosas que habían echado de menos. Aunque sus camas se habían quedado pequeñas, esa noche durmieron felices con los pies posados en sendas banquetas como prolongaciones. Y llegados a este punto, este cuento se acabó.
        
        
        
        

Entre celos y pena.


Desde niño me comporté taciturnamente, siendo amigo de los chillones murciélagos y las huidizas ratas. Frecuentaba camposantos y ruinas, pues en la comarca los hay en considerable número, incluso milenarios, como las ruinas Romanas de Algradia, donde se pueden pisar semienterradas lápidas de tumbas violadas hace centurias. Mi lugar preferido era el cementerio de mi localidad, Fresdteim, con su zona antigua, decimonónica, donde se elevaban al cielo decadentes y sucios panteones, en donde moraban los polvorientos restos de condes, marqueses y demás caballeros y damas nacidos en nobles cunas. Mi edificio funerario favorito era el mausoleo de la familia de banqueros Robson y Robson.
         Desde que mi abuelo Jeremías me contara que allí moraba la hija pequeña de Alan Robson, Elvira, entregada al señor cuando contaba con sólo doce primaveras por una tuberculosis, me había obsesionado con ver su tumefacto cadáver. Me impedía acceder a su morada un gran y oxidado candado; por una estrecha rendija se adivinaban unos prietos y mohosos escalones descendentes.
         Cierta noche en la que brillaba la Luna llena, me escapé de casa portando un farolillo y una pequeña vara de hierro camino de la tapia del camposanto, la cual salté como otras muchas veces. Me encaramé a un sucio ventanal del mausoleo y lo rompí de una patada accediendo a su anhelado interior. La amplia sala era una capilla con cuadros de santos y santas iluminados por unos pocos cirios a punto de consumirse, otorgándoles con su mortecina luz un aspecto fantasmal, como de otro mundo. El olor de la cera derretida me sofocaba; olía a iglesia podrida.
         Bajé los inclinados escalones hasta la entrada, sin nada particular que reseñar. Otro tramo de lúgubres escaleras me llevaron a la amplia cripta, donde reposaban una docena de ataúdes sobre alfombras rojas, y a su vez éstas sobre un suelo de mármol decorado a modo de damero; había más cirios, algunos ya extintos. Debía buscar uno más pequeño que los demás. No tardé mucho. En una polvorienta placa se leía: Elvira Robson. 1888-1900. Saqué temblorosamente la pequeña barra de hierro para apalancar la tapa y quitarla, cayendo en la alfombra sórdidamente. Iluminé el interior de la caja. El pequeño cuerpo estaba como recién muerto, incluso en mejor estado que incorrupto. Tan sólo las picaduras moradas del rostro delataban su ausencia de vida. Sin embargo aquel rostro angelical se hundió como la arena tragada por un hoyo devorador. Con la vara removí el sudario y el polvo que quedaba, descubriendo una fotografía bastante grande en blanco y negro muy bien conservada, la cual estaba metida en un sobre ya amarillento. Se trataba de un retrato en cuerpo entero de Elvira y de un muchacho de su edad, y mucho más alto, el cual tenía un rostro que me sugirió el de un batracio, sin duda el de un gran sapo. Estaban cogidos de la mano, y la de él era muy grande y tenía los dedos palmeados. La fotografía se había hecho desde muy cerca y tenía una calidad inusual para la época. Comencé a odiar a aquel chico tan abyecto y antinatural. Como me era desconocido su nombre, fui abriendo un féretro tras otro. Por la fatiga y el hedor de la descompuesta carne desde hacía décadas, estuve a punto de desmayarme. La penúltima caja tenía el premio que buscaba. Aunque no tan bien conservado como el de Elvira, se apreciaba bien su rostro animalesco; por desgracia los dedos ya no conservaban los pliegues. Del bolsillo de su chaquetilla asomaba algo parecido a una porción de papel. Escrupulosamente tiré de él. Era una hoja manuscrita, arrugada y amarillenta con las siguientes palabras:
         “Sé que la muerte está demasiado cercana, noto su alevosa presencia, su aliento derrotante. A pesar de mi amor por Elvira y por la gran acogida de esta noble familia, debo expresar mi deseo de no ser enterrado en el mausoleo de la misma. Mi familia y todos mis antepasados están en mi planeta de origen, más allá de las visibles estrellas del firmamento nocturno. Como sé que es totalmente imposible morar allí, es mi deseo ser incinerado, y que mis cenizas sean esparcidas al viento durante una despejada noche. Gracias por todo.”
         Más que odiar a aquel ser de las estrellas, sentí celos de que hubiera sido amado por Elvira. El caso es que no respetaron su último deseo y le enterraron allí, aunque lejos de Elvira, en el otro extremo de la cripta. Debieron leer la nota y se la guardaron en el bolsillo. De repente los celos pasaron a misericordia por aquel ser allende este mundo. Allí mismo le prendí fuego con la tenue llama de un cirio, pues no había posibilidad de incendiar todo lo demás. Cuando se hubo consumido del todo, cogí unos puñados de su polvo y los guardé en los bolsillos. Antes de abandonar el sitio cogí la fotografía de ambos como recuerdo. Ya fuera del mausoleo, esparcí las cenizas al viento con las titilantes estrellas como testigos. Regresé a casa, justo antes del alba. Todos los días desde entonces miro una vez aquella fotografía, entre los celos y la pena.

El espejo ovalado.



Me llamo John Eduard Hilton y solía frecuentar los anticuarios en busca de alguna ganga. Hace poco más de un mes me llamó poderosamente la atención cierto espejo ovalado, ricamente decorado y no muy grande a un precio muy tentador. Según el vendedor (un hombre mayor y algo grueso, de considerable estatura y semblante apaciguador, cuya melodiosa voz remarcaba su aura tranquilizadora) había sido propiedad de una venerable dama de la alta sociedad parisina, Madame Perigeau, siendo el motivo de su más que ajustado precio, el no haber encontrado un comprador en varios años, y la consiguiente necesidad del dueño del anticuario de buscarle salida con prontitud. No pudiendo dejar dicha oportunidad, terminé por adquirirlo, y más aún disponiendo de un perfecto hueco para él en una pared de mi despacho.
         Esa misma tarde lo colgué en la mencionada pared, justo a la derecha de la mesa, aprovechando para colocar bien la corbata, pues estaba el nudo algo desplazado respecto al cuello de la camisa. Cuando ya me retiraba satisfecho, de refilón, me di cuenta que tenía los pelos, en la zona del remolino, de punta, confiriéndome un aspecto algo ridículo. Me fui al cuarto de aseo y humedecí dicha parte, alisándolo posteriormente con la palma de la mano ejerciendo una leve presión. Regresé al despacho para comprobar mediante el espejo que mi aspecto volvía a ser el correcto, pues no recordé tener otro más a mano en el aseo, siendo así afortunadamente. Pero he aquí que noté otra cosa fuera de lugar, una peca de considerable tamaño bajo el ojo derecho. Froté con la yema de un dedo sobre ella para hacerla desaparecer deseando fuese una mera mancha con una caprichosa forma, pero por desgracia no era suciedad, aunque desde luego que nunca antes había estado allí. Sin continuidad de solución, me atacó un gran sofoco y tuve que aflojar el nudo de la corbata, sintiendo algo de alivio. Otra vez de lado ligeramente, percibí en mi mirada un marcado tono avieso, y comencé a marearme, y mi imagen reflejada en el espejo daba vueltas en sentido contrario a las agujas del reloj, teniendo la necesidad imperiosa de tumbarme en el suelo, pues me ví incapacitado de llegar a la cama.
         Me quedé dormido durante horas, pues cuando desperté, era ya noche cerrada. Me puse enfrente del espejo, y aquella mirada traviesa, por no decir, maligna, no sólo no había desaparecido, si no que se había acrecentado, la peca no había desaparecido, y los pelos de la cabeza los tenía totalmente despeinados; pensé que ya no era yo, si acaso un verdadero sátiro, y esbocé una prolongada sonrisa macabra. El mareo había sido sustituido por un apetito fuera de lo común, como el de varias personas al mismo tiempo.
         Bajé al restaurante de la esquina y pedí al sorprendido camarero cuatro menús completos, los cuales devoré con inusitado apremio utilizando las manos como un animal salvaje. A partir de entonces solamente recuerdo haber llegado a casa cuando despuntaba el sol tras las lejanas montañas. Fui derecho a la cama muy agotado, y al quitarme la ropa, fui consciente de que estaba llena de lo que creí manchas de vino. En seguida me puse el pijama y no tardé en quedar dormido, y tuve horrendas pesadillas, pues me ví en la ya cerrada noche deambulando por desiertas calles carentes de buena iluminación, los cielos cubiertos por pardas nubes algodonosas. Lo peor no fue la tétrica ambientación, si no lo que encontré por ellas y lo que hice con ellas, pues en la mano diestra portaba un afilado cuchillo para cortar carne… la magra carne de dos jóvenes mujeres, y la revenida de un anciano caballero, con una saña furibunda, mientras sonreía como un loco asesino.
         Me desperté sudando abundantemente, y fui a comprobar la ropa tocando y olfateando las manchas. Todo indicaba que efectivamente eran de vino. Entonces me acordé del espejo. Al ver mi reflejo en el cristal, tuve la escalofriante sensación de ver, justo a la derecha, la diminuta imagen de una mujer mayor con ropas ya en desuso, con los cabellos recogidos en un moño, y lo más inquietante de todo, si ello era posible, flotando como si estuviese encaramada en una nubecilla casi imperceptible. Cuando de repente abrió de par en par los ojos mirándome fijamente, que eran de un negro tan oscuro y profundamente aterrante, que no hay palabras que los describieran correctamente. ¿Se trataba de Madame Perigeau desde más allá de la tumba? ¿O estaba viva y se había manifestado desde su cubil de bruja?
         -¿Sois la antigua propietaria del espejo? - pregunté con titubeante voz y sin embargo, respetuosa.
         Pero aquella inquietante y pavorosa mujer no abrió la boca, pues no podía aunque hubiese querido, porque al fijarme mejor, supe que la tenía cosida. Y más aún, parecía como estar pidiendo auxilio con sus tenebrosos ojos moviéndolos y pestañeando con rapidez, y no se le veían los brazos como si los tuviese atados tras la espalda, y los pies no se le veían tampoco por estar difuminados en la pequeña nube. Creí haberme vuelto completamente loco. Paralizado ante el espejo vi surgir al lado de la mujer otra figura humana también allí presa, dentro del espejo ovalado, el cual empezaba a empañarse. Y contemplé más cuerpos de personas atrapadas pidiendo auxilio desesperadamente, porque estaban allí en contra de su voluntad, antes de que se empañara del todo y desaparecieran de mi atormentada vista. Ahora me tocaba a mí, pues la neblina se me pegó al rostro como una tela de araña tirando con fuerza para el interior del marco, ricamente adornado con lo que ahora eran serpientes vivas, sacando sus bífidas lenguas llenas de veneno, porque sentí cómo me picaban las muy desgraciadas. Ya me veía perdido sin remisión, y mi espíritu allí encarcelado hasta el fin de los tiempos con las demás víctimas. Pero gracias a Dios, pude oír:
         -¡Abra la puerta! ¡Somos la policía!
         Quise gritar, mas no pude en mi absoluta desesperación.
         -¡Que abra la puerta o la tiramos abajo!
         -¡Sí, derríbenla! ¿A qué están esperando? ¡Por Dios, entren! - pensé con las pocas fuerzas que me quedaban resistiéndome a ser engullido por toda la Eternidad.
         Como si llegara desde una enorme distancia, oí bienaventurado el sonido inconfundible del derribo de la puerta, y a continuación caí al suelo soltado por el espejo, sin duda a propósito, para no ser descubierto por los agentes de la autoridad, y en mejor ocasión buscar una desprevenida víctima para su ya numerosa colección.

         Fui esposado, interrogado, y sin cuartada alguna, encarcelado esperando a ser ajusticiado en el garrote vil por mis tres asesinatos aquella noche de infortunio. Les narré lo sucedido, pero como era de esperar, no me creyeron.
         Providencialmente los ofidios no tenían veneno, y sólo me picaron para adormecerme y ser una presa todavía más accesible. Debido a ello puedo escribir estas líneas al menos para desahogarme, y por si alguien algún día pudiera leerlas y creerme, y con sumo cuidado para no caer en su pérfida trampa, lo pueda destruir, o al menos pida ayuda a alguien más cualificado para ello, si es que existe alguien experto en estos menesteres.      Noto como meten una llave en la cerradura de la puerta de mi celda. Me siento preparado para este último viaje, pues prefiero la compañía de gusanos, a la de otras almas en perpetua agonía.
 

Una sombra dentro de la noche.

Posiblemente no haya algo  más terrorífico que te encuentres con una misteriosa sombra alrrededor de la media noche, y más si es otoño y fuera llueve levemente estando solo en casa, dando por sentado que la sombra no te pertenece...El protagonista de nuestra historia se llama Gerardo y cuenta con una buena cantidad de años, aunque aún le quede para ser un vejestorio. Siempre ha vivido sin demasiadas compañías, tanto incluso que jamás se ha casado ni piensa hacerlo. Le ha sobrado con su cómodo trabajo, pillarse unas cuantas juergas, viajar donde ha querido para continuar yendo de juergas, es decir, alcohol, drogas y putas. Aquella noche del 27 de octubre decidió quedarse en casa y ver un poco la televisión antes de acostarse para darse una tregua en su ajetreada vida de cachondeo.
Cuando tranquilamente veía uno de los abundantes y estúpidos concursos con escotadas azafatas, estalló un espantoso trueno, y a continuación el aparato de televisión se fue a la mierda, explotando literalmente. Gerardo tardó varios minutos en reaccionar tras el fogonazo dando gracias a Dios de seguir con vida. Aún atacado de los nervios se asomó a la ventana y comprobó que caía más agua que durante el Diluvio Universal mientras se sucedían más y más truenos con sus respectivos relámpagos; verdaderamente parecía que se avecinaba el Fin del Mundo. Todo se arreglaría comprando al día siguiente otro televisor, lo que aprobecharía para comprarse un mucho mejor que el finado. Pero lo que menos quería hacer ahora era acostarse, no podría pegar ni ojo.
Se sentó en el sillón y encendió un cigarrillo. No podía dejar de mirar el hueco del aparato no dando crédito a lo acontecido. Un nuevo trueno estalló en los cielos y la lámpara también se fue al carajo, eso sí, sin explotar las bombillas. ¡Menuda mierda! Se dijo. Totalmente a oscuras miró su reloj digital todavía sano y comprobó que era las doce en punto.
Gerardo se levantó y se dirigió nuevamente a la ventana. Allí tuvo noticias de que llovía un poco menos y los truenos y relámpagos de alejaban. Cuando quiso darse la vuelta notó algo tras su espalda, pero no algo físico, y sí algo que no tenía cuerpo, y no se atrevió, muerto de miedo. Entonces cerró los ojos y muy lentamente se fue girando diciéndose: No seas tan niño. No seas tan niño. Completado todo el giro se quedó mirando al oscuro cuarto de estar, y justo de frente, donde debía estar el destrozado televisor, pudo advertir algo mucho más oscuro que el resto. Se fue acercando poco a poco, y cuando más se iba acercando aquella sensación o lo que fuese, fue tomando el aspecto inequívoco de una sombra... humana en pie, pues sin duda tenía cabeza, torso y extremidades, aunque no muy pronunciadas que digamos, no podía ser otra cosa, se dijo Gerardo temblando como una palmera azotada por un huracán.
-¿Quién o qué, eres tú?
No obtuvo respuesta de aquella siniestra sombra.
Se acercó un poco más e hizo el intento de tocarla, pero la sombra reaccionó y retrocedió, aunque no movió sus sugeridas piernas, si no que se desplazó como hiciera un verdadero fantasma. ¿Aquél ente tenía más miedo de Gerardo que Gerardo de él? Esto envalentonó a nuestro protagonista y alzando la voz dijo triufante: ¡No huyas, puta y asquerosa sombra de los demonios!Y fue justo cuando la sombra se perdió en la pared.Y Gerardo se fué tras ella tropezando contra los restos del televisor cayendo al suelo estrepitosamente. Con la frente dolorida recobró la verticalidad y se dirigió al cuarto de baño para echarse agua fría y evitar le saliera un buen chichón. Pero no había luz por más que le diera al interruptor unas cuantas veces. Toda la casa estaba completamente a oscuras y volvió a tener mucho, mucho miedo; tanto que quiso abandonar la casa. Sin embargo no pudo abrir la puerta porque no encontró picaporte alguno. Se lió a patada limpia, pero la puerta parecía a prueba de bombas. Entonces gritó pidiendo auxilio como un niño asustado que llama a su madre con gran desesperación. Y luego corrió como un caballo desbocado en busca del teléfono tropezando con varios muebles  y algunas sillas... tenía que llamar a la policía o a los bomberos. Cuando al fin tuvo el teléfono en sus manos creyó volverse loco del todo cuando supo que no había línea, que no le servía de nada. En su desesperación tuvo la loca ocurrencia de saltar por una ventana, pues ya no se acordaba que vivía en un onceavo piso.  Aún así dió lo mismo, pues la ventana también se negaba a ser abierta. Continuaba lloviendo, aunque mucho menos que minutos antes.
Gerardo se sentó en el suelo esperando que llegasen las primeras luces de la mañana. Creyó tener suerte cuando notó que le empezaba a entrar sueño, pero por desgracia, de la pared que tenía enfrente surgió la sombra humana, siendo entonces más reconocible, pues le recordaba a alguien, a alguien bastante cercano. Ya no tuvo sueño, y absorto en la trémula visión, abrió los ojos de par en par y dijo:
-¡Decideme quién sois, sombra, decidme quién fuisteis en vida!
Pero la sombra no decía nada mientras se  acercaba más y más mostrando a Gerardo más matices, más pistas sobre su identidad. Cuando al fin supo quién era, la sombra comenzó a desdibujarse hasta desaparecer como el humo de un cigarrillo, y Gerardo esperó a las primeras luces del alba, y su vida ya no fue igual a partir de entonces.