Adelle y John
Paifbur, hermanos de ocho y siete años respectivamente, en un momento de
descuido de sus padres cuando jugaban tras merendar en el bosque de Albain,
cerca las siete, se alejaron persiguiendo un conejito blanco que no se dejaba
coger, tan bonito y escurridizo a la vez.
Papá Paifbur fue el primero en darse
cuenta de la desaparición de sus hijos. No quiso alarmar a mamá por lo que le
dijo que los había visto persiguiendo mariposas, y que pronto volvería con
ellos antes de que se perdieran. A mamá
le pareció muy bien y continuó leyendo una entretenida revista de sociedad.
Los niños perdieron de vista al huidizo
conejito, y cuando quisieron volver con sus padres, no supieron el camino de
vuelta. Papá seguía buscándolos, a cada momento más preocupado, por no decir,
alarmado, y más aún cuando el sol estaba cerca de ocultarse tras las lejanas
montañas.
Mamá miró su reloj, había pasado mucho
tiempo desde que se fue su esposo en busca de sus hijos. Dejó la revista encima
de las hierbas y llamó gritando el nombre de los tres. Ni un lejano eco llegó a
responder en el espeso bosque cercano el crepúsculo.
Adelle y John pisaron un agujero y
cayeron a través de un largo y serpenteante túnel. El padre regresó junto a su
esposa y le contó la verdad. Mamá se puso a llorar desconsoladamente. Él no
lloró porque se supone que los hombres no deben hacerlo. Decidieron regresar al
pueblo y advertir a las autoridades para encomendar su búsqueda.
Tras minutos y minutos cayendo por tan
enrevesado túnel, los hermanitos terminaron con el culo sobre un campo de
margaritas en una enorme gruta donde había tanta claridad, que pareciera estar
al aire libre. Se pusieron en pié y empezaron a llorar y llorar derramando unas
enormes lágrimas.
Tanto lloraron que se quedaron sin líquido
en sus ojos y no pudieron seguir haciéndolo. Sintieron mucho calor pero de
repente todo se nubló como si unas nubes estuvieran tapando el sol, y dejaron
de sudar.
Tras varios minutos sin que nada
sucediera y sin que nada supieran hacer Adelle y John, comenzaron a oír una música
muy bonita, realmente melodiosa y pegadiza. Sin darse cuenta se vieron rodeados
por criaturitas muy chiquitas, de apenas un par de centímetros y medio como
mucho. ¿Eran gnomos? ¿A caso liliputienses? ¿O gusanitos disfrazados de enanísimos
a dos patas con sus cinco deditos? Se les subieron a la cabeza, a los hombros,
a los pies, y algunos se colgaron de sus cabellos para columpiarse. Los
hermanitos no daban crédito a tanta tontería. Pero les hizo suma gracia y
empezaron a bailar siguiendo la imparable música que tomaba tintes de un futuro
sesentero Twist. Solamente faltaba un cantante con una voz acorde a aquel
panorama que jamás se había visto ni en los cuentos. Efectivamente así fue,
como bajando de unas invisibles nubes, cayendo amortiguadamente hizo nuevamente
aparición el blanco conejo con un gran medallón en forma de garra colgando de
su cuello, y un micrófono inalámbrico en su patita delantera derecha, amén de
unas gafas de sol, pues otra vez lucía un esplendoroso día. ¡Qué voz tan
portentosa tenía aquel conejo estelar! Tampoco faltó el coro, y como no podía
ser de otra manera, era muy especial, pues lo formaban una docena de gallinas a
pintas blancas y negras, con un cacarear nada desentonante. Pero hubo más pues
de solista se pasó a un dúo la mar de particular, pues un gran gallo negro hizo
aparición arrastrándose entre las margaritas como si fuese una serpiente. También
llevaba unas gafas de sol y un micrófono sin cables colgando de su cabeza
merced a una cinta muy colorida atada a la cresta. Su voz rasposa no desentonó
de la grácil del conejo. Al cabo de unos minutos el espectáculo tomó unos
tintes mucho más acelerados, y el Twist se transformó en un frenético heavy
metal todavía no inventado, porque transcurría el año 1937.
Todo el pueblo se movilizó en busca de
los niños. Llevaron perros, un vidente, una pitonisa, un zahorí… Incluso se
apuntaron los abuelos, el gato Mossi, el jilguero Torolín, y el pato Lucas del
vecino del segundo b, con el que tanto jugaban los niños. Como ya era cerrada
noche, era todo un espectáculo tanta antorcha encendida, aunque el bosque
corriera peligro de un nefasto incendio.
Totalmente exhaustos, los niños se
cayeron en la alfombra de margaritas habiendo adelgazado más de dos kilos cada
uno. La música cesó sin saber qué ni quién la había tocado. Y toda aquella rara
fauna se secaba el sudor de sus frentes, agradeciendo que los chicos se
hubieran al fin cansado de tanta marcha.
El gallo se excusó en que tenía mucha
prisa y se fue dando trompicones como si estuviera borracho. El conejo sacó de
entre su pelaje un reloj de bolsillo, miró la hora, y también se fue tras
escarbar un agujero entre las margaritas, soltando un mero: ¡Me voy, llego
tarde! Los demás seres minúsculos tras tomar un poco de aire y arrascarse los
chichones al caerse de cabeza desde los cuerpos de los niños, recobraron la
verticalidad, y se dispusieron a
marcharse también, muy lentamente. Adelle y John también se recuperaron y les
entró prisa por volver a casa, pero no sabían como hacerlo, no veían por ningún
sitio el retorcido túnel que les había conducido hasta allí.
Aquella noche no encontraron a los niños.
Por la mañana reanudaron su busca. Tampoco los encontraron. Durante un mes
siguieron buscándolos, pero infructuosamente. Con el suceder de los meses, cada
vez eran menos los que se empeñaban en dar con ellos. Pasó un año. Pasaron dos,
tres, cuatro, diez … El lobo se los había tragado, pensaron.
Adelle y John conocieron más criaturas
sorprendentes, no paraban de divertirse, de jugar y jugar, tanto que se
olvidaron de su anterior existencia, de sus padres y abuelos, del pato Lucas,
los gatitos de la señora Parker, de la profesora de literatura, del payaso
Lametón que venía a actuar para los niños todas las primaveras cuando acababa
el colegio, de los regalos de cumpleaños, de los muñecos de nieve en navidad…
hasta del túnel que tanto habían buscado. Pero he aquí que un día volvieron a
encontrar al conejo tan blanquito y escurridizo.
-¿Todavía estáis aquí? - les preguntó.
-¿Y por qué no? - preguntaron ellos a
su vez.
-¿No echáis de menos a papá y mamá? ¿A
vuestros abuelitos? ¿Al pato Lucas?
Los dos empezaron a llorar,
desconsoladamente.
-¡Queremos volver a casa! - gritaron- ¡Ayúdenos!
-Posiblemente sea un poco tarde. A
pasado tanto tiempo… Pero si os empañáis os sacaré de aquí. Más vale tarde que
nunca.
El conejo dio un par de palmadas y
surgió un túnel colgante y serpenteante por el que Adelle y John trepando con
todas sus fuerzas llegaron a remontar llegando a la superficie, al bosque en el
que un día merendaron por última vez. Como era invierno, se habían formado
numerosas charcas de cristalinas aguas. Y como tenían mucha sed, se dispusieron
a beber de una de ellas viendo en el agua reflejados sus rostros. Se asustaron
tanto que retrocedieron unos pasos. Aquellas caras no les eran conocidas, les
eran extrañas, aunque tras unos segundos les recordó otras ya casi olvidadas, más
suaves y tersas, y más… jóvenes. En efecto, eran ya unos adultos, casi unos
cuarentones, aunque con espíritus aún de niños.
Cuando llegaron al pueblo pasaron
desapercibidos, solamente, y ya era bastante, les reconoció sus ancianos padres
que no se podían creer lo que estaban viendo. Los cuatro se abrazaron y besaron
durante unos intensos minutos sin cesar de llorar de inmensa alegría. Jamás mamá
y papá les preguntaron qué les había pasado pues tampoco les hubieran creído,
era como si el tiempo no hubiera transcurrido, como si el encuentro se hubiera
producido al día siguiente de la desaparición. Desgraciadamente ya no estaban
los abuelos, ni el pato Lucas, ni tantas cosas que habían echado de menos.
Aunque sus camas se habían quedado pequeñas, esa noche durmieron felices con
los pies posados en sendas banquetas como prolongaciones. Y llegados a este
punto, este cuento se acabó.