domingo, 27 de octubre de 2013

El espejo ovalado.



Me llamo John Eduard Hilton y solía frecuentar los anticuarios en busca de alguna ganga. Hace poco más de un mes me llamó poderosamente la atención cierto espejo ovalado, ricamente decorado y no muy grande a un precio muy tentador. Según el vendedor (un hombre mayor y algo grueso, de considerable estatura y semblante apaciguador, cuya melodiosa voz remarcaba su aura tranquilizadora) había sido propiedad de una venerable dama de la alta sociedad parisina, Madame Perigeau, siendo el motivo de su más que ajustado precio, el no haber encontrado un comprador en varios años, y la consiguiente necesidad del dueño del anticuario de buscarle salida con prontitud. No pudiendo dejar dicha oportunidad, terminé por adquirirlo, y más aún disponiendo de un perfecto hueco para él en una pared de mi despacho.
         Esa misma tarde lo colgué en la mencionada pared, justo a la derecha de la mesa, aprovechando para colocar bien la corbata, pues estaba el nudo algo desplazado respecto al cuello de la camisa. Cuando ya me retiraba satisfecho, de refilón, me di cuenta que tenía los pelos, en la zona del remolino, de punta, confiriéndome un aspecto algo ridículo. Me fui al cuarto de aseo y humedecí dicha parte, alisándolo posteriormente con la palma de la mano ejerciendo una leve presión. Regresé al despacho para comprobar mediante el espejo que mi aspecto volvía a ser el correcto, pues no recordé tener otro más a mano en el aseo, siendo así afortunadamente. Pero he aquí que noté otra cosa fuera de lugar, una peca de considerable tamaño bajo el ojo derecho. Froté con la yema de un dedo sobre ella para hacerla desaparecer deseando fuese una mera mancha con una caprichosa forma, pero por desgracia no era suciedad, aunque desde luego que nunca antes había estado allí. Sin continuidad de solución, me atacó un gran sofoco y tuve que aflojar el nudo de la corbata, sintiendo algo de alivio. Otra vez de lado ligeramente, percibí en mi mirada un marcado tono avieso, y comencé a marearme, y mi imagen reflejada en el espejo daba vueltas en sentido contrario a las agujas del reloj, teniendo la necesidad imperiosa de tumbarme en el suelo, pues me ví incapacitado de llegar a la cama.
         Me quedé dormido durante horas, pues cuando desperté, era ya noche cerrada. Me puse enfrente del espejo, y aquella mirada traviesa, por no decir, maligna, no sólo no había desaparecido, si no que se había acrecentado, la peca no había desaparecido, y los pelos de la cabeza los tenía totalmente despeinados; pensé que ya no era yo, si acaso un verdadero sátiro, y esbocé una prolongada sonrisa macabra. El mareo había sido sustituido por un apetito fuera de lo común, como el de varias personas al mismo tiempo.
         Bajé al restaurante de la esquina y pedí al sorprendido camarero cuatro menús completos, los cuales devoré con inusitado apremio utilizando las manos como un animal salvaje. A partir de entonces solamente recuerdo haber llegado a casa cuando despuntaba el sol tras las lejanas montañas. Fui derecho a la cama muy agotado, y al quitarme la ropa, fui consciente de que estaba llena de lo que creí manchas de vino. En seguida me puse el pijama y no tardé en quedar dormido, y tuve horrendas pesadillas, pues me ví en la ya cerrada noche deambulando por desiertas calles carentes de buena iluminación, los cielos cubiertos por pardas nubes algodonosas. Lo peor no fue la tétrica ambientación, si no lo que encontré por ellas y lo que hice con ellas, pues en la mano diestra portaba un afilado cuchillo para cortar carne… la magra carne de dos jóvenes mujeres, y la revenida de un anciano caballero, con una saña furibunda, mientras sonreía como un loco asesino.
         Me desperté sudando abundantemente, y fui a comprobar la ropa tocando y olfateando las manchas. Todo indicaba que efectivamente eran de vino. Entonces me acordé del espejo. Al ver mi reflejo en el cristal, tuve la escalofriante sensación de ver, justo a la derecha, la diminuta imagen de una mujer mayor con ropas ya en desuso, con los cabellos recogidos en un moño, y lo más inquietante de todo, si ello era posible, flotando como si estuviese encaramada en una nubecilla casi imperceptible. Cuando de repente abrió de par en par los ojos mirándome fijamente, que eran de un negro tan oscuro y profundamente aterrante, que no hay palabras que los describieran correctamente. ¿Se trataba de Madame Perigeau desde más allá de la tumba? ¿O estaba viva y se había manifestado desde su cubil de bruja?
         -¿Sois la antigua propietaria del espejo? - pregunté con titubeante voz y sin embargo, respetuosa.
         Pero aquella inquietante y pavorosa mujer no abrió la boca, pues no podía aunque hubiese querido, porque al fijarme mejor, supe que la tenía cosida. Y más aún, parecía como estar pidiendo auxilio con sus tenebrosos ojos moviéndolos y pestañeando con rapidez, y no se le veían los brazos como si los tuviese atados tras la espalda, y los pies no se le veían tampoco por estar difuminados en la pequeña nube. Creí haberme vuelto completamente loco. Paralizado ante el espejo vi surgir al lado de la mujer otra figura humana también allí presa, dentro del espejo ovalado, el cual empezaba a empañarse. Y contemplé más cuerpos de personas atrapadas pidiendo auxilio desesperadamente, porque estaban allí en contra de su voluntad, antes de que se empañara del todo y desaparecieran de mi atormentada vista. Ahora me tocaba a mí, pues la neblina se me pegó al rostro como una tela de araña tirando con fuerza para el interior del marco, ricamente adornado con lo que ahora eran serpientes vivas, sacando sus bífidas lenguas llenas de veneno, porque sentí cómo me picaban las muy desgraciadas. Ya me veía perdido sin remisión, y mi espíritu allí encarcelado hasta el fin de los tiempos con las demás víctimas. Pero gracias a Dios, pude oír:
         -¡Abra la puerta! ¡Somos la policía!
         Quise gritar, mas no pude en mi absoluta desesperación.
         -¡Que abra la puerta o la tiramos abajo!
         -¡Sí, derríbenla! ¿A qué están esperando? ¡Por Dios, entren! - pensé con las pocas fuerzas que me quedaban resistiéndome a ser engullido por toda la Eternidad.
         Como si llegara desde una enorme distancia, oí bienaventurado el sonido inconfundible del derribo de la puerta, y a continuación caí al suelo soltado por el espejo, sin duda a propósito, para no ser descubierto por los agentes de la autoridad, y en mejor ocasión buscar una desprevenida víctima para su ya numerosa colección.

         Fui esposado, interrogado, y sin cuartada alguna, encarcelado esperando a ser ajusticiado en el garrote vil por mis tres asesinatos aquella noche de infortunio. Les narré lo sucedido, pero como era de esperar, no me creyeron.
         Providencialmente los ofidios no tenían veneno, y sólo me picaron para adormecerme y ser una presa todavía más accesible. Debido a ello puedo escribir estas líneas al menos para desahogarme, y por si alguien algún día pudiera leerlas y creerme, y con sumo cuidado para no caer en su pérfida trampa, lo pueda destruir, o al menos pida ayuda a alguien más cualificado para ello, si es que existe alguien experto en estos menesteres.      Noto como meten una llave en la cerradura de la puerta de mi celda. Me siento preparado para este último viaje, pues prefiero la compañía de gusanos, a la de otras almas en perpetua agonía.
 

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