Me llamo John
Eduard Hilton y solía frecuentar los anticuarios en busca de alguna ganga. Hace
poco más de un mes me llamó poderosamente la atención cierto espejo ovalado,
ricamente decorado y no muy grande a un precio muy tentador. Según el vendedor
(un hombre mayor y algo grueso, de considerable estatura y semblante
apaciguador, cuya melodiosa voz remarcaba su aura tranquilizadora) había sido
propiedad de una venerable dama de la alta sociedad parisina, Madame Perigeau,
siendo el motivo de su más que ajustado precio, el no haber encontrado un
comprador en varios años, y la consiguiente necesidad del dueño del anticuario
de buscarle salida con prontitud. No pudiendo dejar dicha oportunidad, terminé
por adquirirlo, y más aún disponiendo de un perfecto hueco para él en una pared
de mi despacho.
Esa misma tarde lo colgué en la
mencionada pared, justo a la derecha de la mesa, aprovechando para colocar bien
la corbata, pues estaba el nudo algo desplazado respecto al cuello de la
camisa. Cuando ya me retiraba satisfecho, de refilón, me di cuenta que tenía
los pelos, en la zona del remolino, de punta, confiriéndome un aspecto algo ridículo.
Me fui al cuarto de aseo y humedecí dicha parte, alisándolo posteriormente con
la palma de la mano ejerciendo una leve presión. Regresé al despacho para
comprobar mediante el espejo que mi aspecto volvía a ser el correcto, pues no
recordé tener otro más a mano en el aseo, siendo así afortunadamente. Pero he
aquí que noté otra cosa fuera de lugar, una peca de considerable tamaño bajo el
ojo derecho. Froté con la yema de un dedo sobre ella para hacerla desaparecer
deseando fuese una mera mancha con una caprichosa forma, pero por desgracia no
era suciedad, aunque desde luego que nunca antes había estado allí. Sin
continuidad de solución, me atacó un gran sofoco y tuve que aflojar el nudo de
la corbata, sintiendo algo de alivio. Otra vez de lado ligeramente, percibí en
mi mirada un marcado tono avieso, y comencé a marearme, y mi imagen reflejada
en el espejo daba vueltas en sentido contrario a las agujas del reloj, teniendo
la necesidad imperiosa de tumbarme en el suelo, pues me ví incapacitado de
llegar a la cama.
Me quedé dormido durante horas, pues
cuando desperté, era ya noche cerrada. Me puse enfrente del espejo, y aquella
mirada traviesa, por no decir, maligna, no sólo no había desaparecido, si no
que se había acrecentado, la peca no había desaparecido, y los pelos de la
cabeza los tenía totalmente despeinados; pensé que ya no era yo, si acaso un
verdadero sátiro, y esbocé una prolongada sonrisa macabra. El mareo había sido
sustituido por un apetito fuera de lo común, como el de varias personas al
mismo tiempo.
Bajé al restaurante de la esquina y pedí
al sorprendido camarero cuatro menús completos, los cuales devoré con inusitado
apremio utilizando las manos como un animal salvaje. A partir de entonces
solamente recuerdo haber llegado a casa cuando despuntaba el sol tras las
lejanas montañas. Fui derecho a la cama muy agotado, y al quitarme la ropa, fui
consciente de que estaba llena de lo que creí manchas de vino. En seguida me
puse el pijama y no tardé en quedar dormido, y tuve horrendas pesadillas, pues
me ví en la ya cerrada noche deambulando por desiertas calles carentes de buena
iluminación, los cielos cubiertos por pardas nubes algodonosas. Lo peor no fue
la tétrica ambientación, si no lo que encontré por ellas y lo que hice con
ellas, pues en la mano diestra portaba un afilado cuchillo para cortar carne…
la magra carne de dos jóvenes mujeres, y la revenida de un anciano caballero,
con una saña furibunda, mientras sonreía como un loco asesino.
Me desperté sudando abundantemente, y
fui a comprobar la ropa tocando y olfateando las manchas. Todo indicaba que
efectivamente eran de vino. Entonces me acordé del espejo. Al ver mi reflejo en
el cristal, tuve la escalofriante sensación de ver, justo a la derecha, la
diminuta imagen de una mujer mayor con ropas ya en desuso, con los cabellos
recogidos en un moño, y lo más inquietante de todo, si ello era posible,
flotando como si estuviese encaramada en una nubecilla casi imperceptible.
Cuando de repente abrió de par en par los ojos mirándome fijamente, que eran de
un negro tan oscuro y profundamente aterrante, que no hay palabras que los
describieran correctamente. ¿Se trataba de Madame Perigeau desde más allá de la
tumba? ¿O estaba viva y se había manifestado desde su cubil de bruja?
-¿Sois la antigua propietaria del
espejo? - pregunté con titubeante voz y sin embargo, respetuosa.
Pero aquella inquietante y pavorosa
mujer no abrió la boca, pues no podía aunque hubiese querido, porque al fijarme
mejor, supe que la tenía cosida. Y más aún, parecía como estar pidiendo auxilio
con sus tenebrosos ojos moviéndolos y pestañeando con rapidez, y no se le veían
los brazos como si los tuviese atados tras la espalda, y los pies no se le veían
tampoco por estar difuminados en la pequeña nube. Creí haberme vuelto
completamente loco. Paralizado ante el espejo vi surgir al lado de la mujer
otra figura humana también allí presa, dentro del espejo ovalado, el cual
empezaba a empañarse. Y contemplé más cuerpos de personas atrapadas pidiendo
auxilio desesperadamente, porque estaban allí en contra de su voluntad, antes
de que se empañara del todo y desaparecieran de mi atormentada vista. Ahora me
tocaba a mí, pues la neblina se me pegó al rostro como una tela de araña
tirando con fuerza para el interior del marco, ricamente adornado con lo que
ahora eran serpientes vivas, sacando sus bífidas lenguas llenas de veneno,
porque sentí cómo me picaban las muy desgraciadas. Ya me veía perdido sin
remisión, y mi espíritu allí encarcelado hasta el fin de los tiempos con las
demás víctimas. Pero gracias a Dios, pude oír:
-¡Abra la puerta! ¡Somos la policía!
Quise gritar, mas no pude en mi
absoluta desesperación.
-¡Que abra la puerta o la tiramos
abajo!
-¡Sí, derríbenla! ¿A qué están
esperando? ¡Por Dios, entren! - pensé con las pocas fuerzas que me quedaban
resistiéndome a ser engullido por toda la Eternidad.
Como si llegara desde una enorme
distancia, oí bienaventurado el sonido inconfundible del derribo de la puerta,
y a continuación caí al suelo soltado por el espejo, sin duda a propósito, para
no ser descubierto por los agentes de la autoridad, y en mejor ocasión buscar
una desprevenida víctima para su ya numerosa colección.
Fui esposado, interrogado, y sin
cuartada alguna, encarcelado esperando a ser ajusticiado en el garrote vil por
mis tres asesinatos aquella noche de infortunio. Les narré lo sucedido, pero
como era de esperar, no me creyeron.
Providencialmente los ofidios no tenían
veneno, y sólo me picaron para adormecerme y ser una presa todavía más accesible.
Debido a ello puedo escribir estas líneas al menos para desahogarme, y por si
alguien algún día pudiera leerlas y creerme, y con sumo cuidado para no caer en
su pérfida trampa, lo pueda destruir, o al menos pida ayuda a alguien más
cualificado para ello, si es que existe alguien experto en estos
menesteres. Noto como meten una llave en la cerradura de la puerta de mi
celda. Me siento preparado para este último viaje, pues prefiero la compañía de
gusanos, a la de otras almas en perpetua agonía.
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