Desde niño me
comporté taciturnamente, siendo amigo de los chillones murciélagos y las
huidizas ratas. Frecuentaba camposantos y ruinas, pues en la comarca los hay en
considerable número, incluso milenarios, como las ruinas Romanas de Algradia,
donde se pueden pisar semienterradas lápidas de tumbas violadas hace centurias.
Mi lugar preferido era el cementerio de mi localidad, Fresdteim, con su zona
antigua, decimonónica, donde se elevaban al cielo decadentes y sucios
panteones, en donde moraban los polvorientos restos de condes, marqueses y demás
caballeros y damas nacidos en nobles cunas. Mi edificio funerario favorito era
el mausoleo de la familia de banqueros Robson y Robson.
Desde que mi abuelo Jeremías me contara
que allí moraba la hija pequeña de Alan Robson, Elvira, entregada al señor
cuando contaba con sólo doce primaveras por una tuberculosis, me había
obsesionado con ver su tumefacto cadáver. Me impedía acceder a su morada un
gran y oxidado candado; por una estrecha rendija se adivinaban unos prietos y
mohosos escalones descendentes.
Cierta noche en la que brillaba la Luna
llena, me escapé de casa portando un farolillo y una pequeña vara de hierro
camino de la tapia del camposanto, la cual salté como otras muchas veces. Me
encaramé a un sucio ventanal del mausoleo y lo rompí de una patada accediendo a
su anhelado interior. La amplia sala era una capilla con cuadros de santos y
santas iluminados por unos pocos cirios a punto de consumirse, otorgándoles con
su mortecina luz un aspecto fantasmal, como de otro mundo. El olor de la cera
derretida me sofocaba; olía a iglesia podrida.
Bajé los inclinados escalones hasta la
entrada, sin nada particular que reseñar. Otro tramo de lúgubres escaleras me
llevaron a la amplia cripta, donde reposaban una docena de ataúdes sobre
alfombras rojas, y a su vez éstas sobre un suelo de mármol decorado a modo de
damero; había más cirios, algunos ya extintos. Debía buscar uno más pequeño que
los demás. No tardé mucho. En una polvorienta placa se leía: Elvira Robson.
1888-1900. Saqué temblorosamente la pequeña barra de hierro para apalancar la
tapa y quitarla, cayendo en la alfombra sórdidamente. Iluminé el interior de la
caja. El pequeño cuerpo estaba como recién muerto, incluso en mejor estado que
incorrupto. Tan sólo las picaduras moradas del rostro delataban su ausencia de
vida. Sin embargo aquel rostro angelical se hundió como la arena tragada por un
hoyo devorador. Con la vara removí el sudario y el polvo que quedaba,
descubriendo una fotografía bastante grande en blanco y negro muy bien
conservada, la cual estaba metida en un sobre ya amarillento. Se trataba de un
retrato en cuerpo entero de Elvira y de un muchacho de su edad, y mucho más
alto, el cual tenía un rostro que me sugirió el de un batracio, sin duda el de
un gran sapo. Estaban cogidos de la mano, y la de él era muy grande y tenía los
dedos palmeados. La fotografía se había hecho desde muy cerca y tenía una
calidad inusual para la época. Comencé a odiar a aquel chico tan abyecto y
antinatural. Como me era desconocido su nombre, fui abriendo un féretro tras
otro. Por la fatiga y el hedor de la descompuesta carne desde hacía décadas,
estuve a punto de desmayarme. La penúltima caja tenía el premio que buscaba.
Aunque no tan bien conservado como el de Elvira, se apreciaba bien su rostro
animalesco; por desgracia los dedos ya no conservaban los pliegues. Del
bolsillo de su chaquetilla asomaba algo parecido a una porción de papel.
Escrupulosamente tiré de él. Era una hoja manuscrita, arrugada y amarillenta
con las siguientes palabras:
“Sé que la muerte está demasiado
cercana, noto su alevosa presencia, su aliento derrotante. A pesar de mi amor
por Elvira y por la gran acogida de esta noble familia, debo expresar mi deseo
de no ser enterrado en el mausoleo de la misma. Mi familia y todos mis
antepasados están en mi planeta de origen, más allá de las visibles estrellas
del firmamento nocturno. Como sé que es totalmente imposible morar allí, es mi
deseo ser incinerado, y que mis cenizas sean esparcidas al viento durante una
despejada noche. Gracias por todo.”
Más que odiar a aquel ser de las estrellas,
sentí celos de que hubiera sido amado por Elvira. El caso es que no respetaron
su último deseo y le enterraron allí, aunque lejos de Elvira, en el otro
extremo de la cripta. Debieron leer la nota y se la guardaron en el bolsillo.
De repente los celos pasaron a misericordia por aquel ser allende este mundo.
Allí mismo le prendí fuego con la tenue llama de un cirio, pues no había posibilidad de incendiar todo lo demás.
Cuando se hubo consumido del todo, cogí unos puñados de su polvo y los guardé
en los bolsillos. Antes de abandonar el sitio cogí la fotografía de ambos como
recuerdo. Ya fuera del mausoleo, esparcí las cenizas al viento con las
titilantes estrellas como testigos. Regresé a casa, justo antes del alba. Todos
los días desde entonces miro una vez aquella fotografía, entre los celos y la
pena.
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