domingo, 27 de octubre de 2013

Entre celos y pena.


Desde niño me comporté taciturnamente, siendo amigo de los chillones murciélagos y las huidizas ratas. Frecuentaba camposantos y ruinas, pues en la comarca los hay en considerable número, incluso milenarios, como las ruinas Romanas de Algradia, donde se pueden pisar semienterradas lápidas de tumbas violadas hace centurias. Mi lugar preferido era el cementerio de mi localidad, Fresdteim, con su zona antigua, decimonónica, donde se elevaban al cielo decadentes y sucios panteones, en donde moraban los polvorientos restos de condes, marqueses y demás caballeros y damas nacidos en nobles cunas. Mi edificio funerario favorito era el mausoleo de la familia de banqueros Robson y Robson.
         Desde que mi abuelo Jeremías me contara que allí moraba la hija pequeña de Alan Robson, Elvira, entregada al señor cuando contaba con sólo doce primaveras por una tuberculosis, me había obsesionado con ver su tumefacto cadáver. Me impedía acceder a su morada un gran y oxidado candado; por una estrecha rendija se adivinaban unos prietos y mohosos escalones descendentes.
         Cierta noche en la que brillaba la Luna llena, me escapé de casa portando un farolillo y una pequeña vara de hierro camino de la tapia del camposanto, la cual salté como otras muchas veces. Me encaramé a un sucio ventanal del mausoleo y lo rompí de una patada accediendo a su anhelado interior. La amplia sala era una capilla con cuadros de santos y santas iluminados por unos pocos cirios a punto de consumirse, otorgándoles con su mortecina luz un aspecto fantasmal, como de otro mundo. El olor de la cera derretida me sofocaba; olía a iglesia podrida.
         Bajé los inclinados escalones hasta la entrada, sin nada particular que reseñar. Otro tramo de lúgubres escaleras me llevaron a la amplia cripta, donde reposaban una docena de ataúdes sobre alfombras rojas, y a su vez éstas sobre un suelo de mármol decorado a modo de damero; había más cirios, algunos ya extintos. Debía buscar uno más pequeño que los demás. No tardé mucho. En una polvorienta placa se leía: Elvira Robson. 1888-1900. Saqué temblorosamente la pequeña barra de hierro para apalancar la tapa y quitarla, cayendo en la alfombra sórdidamente. Iluminé el interior de la caja. El pequeño cuerpo estaba como recién muerto, incluso en mejor estado que incorrupto. Tan sólo las picaduras moradas del rostro delataban su ausencia de vida. Sin embargo aquel rostro angelical se hundió como la arena tragada por un hoyo devorador. Con la vara removí el sudario y el polvo que quedaba, descubriendo una fotografía bastante grande en blanco y negro muy bien conservada, la cual estaba metida en un sobre ya amarillento. Se trataba de un retrato en cuerpo entero de Elvira y de un muchacho de su edad, y mucho más alto, el cual tenía un rostro que me sugirió el de un batracio, sin duda el de un gran sapo. Estaban cogidos de la mano, y la de él era muy grande y tenía los dedos palmeados. La fotografía se había hecho desde muy cerca y tenía una calidad inusual para la época. Comencé a odiar a aquel chico tan abyecto y antinatural. Como me era desconocido su nombre, fui abriendo un féretro tras otro. Por la fatiga y el hedor de la descompuesta carne desde hacía décadas, estuve a punto de desmayarme. La penúltima caja tenía el premio que buscaba. Aunque no tan bien conservado como el de Elvira, se apreciaba bien su rostro animalesco; por desgracia los dedos ya no conservaban los pliegues. Del bolsillo de su chaquetilla asomaba algo parecido a una porción de papel. Escrupulosamente tiré de él. Era una hoja manuscrita, arrugada y amarillenta con las siguientes palabras:
         “Sé que la muerte está demasiado cercana, noto su alevosa presencia, su aliento derrotante. A pesar de mi amor por Elvira y por la gran acogida de esta noble familia, debo expresar mi deseo de no ser enterrado en el mausoleo de la misma. Mi familia y todos mis antepasados están en mi planeta de origen, más allá de las visibles estrellas del firmamento nocturno. Como sé que es totalmente imposible morar allí, es mi deseo ser incinerado, y que mis cenizas sean esparcidas al viento durante una despejada noche. Gracias por todo.”
         Más que odiar a aquel ser de las estrellas, sentí celos de que hubiera sido amado por Elvira. El caso es que no respetaron su último deseo y le enterraron allí, aunque lejos de Elvira, en el otro extremo de la cripta. Debieron leer la nota y se la guardaron en el bolsillo. De repente los celos pasaron a misericordia por aquel ser allende este mundo. Allí mismo le prendí fuego con la tenue llama de un cirio, pues no había posibilidad de incendiar todo lo demás. Cuando se hubo consumido del todo, cogí unos puñados de su polvo y los guardé en los bolsillos. Antes de abandonar el sitio cogí la fotografía de ambos como recuerdo. Ya fuera del mausoleo, esparcí las cenizas al viento con las titilantes estrellas como testigos. Regresé a casa, justo antes del alba. Todos los días desde entonces miro una vez aquella fotografía, entre los celos y la pena.

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